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5 oct. 2010

¿Tomar decisiones a la deriva?

A mi amiga Tania
Yo digo que no tomamos decisiones, sino que ellas nos toman a nosotros.
Constantemente nos enfrentamos a pequeñas decisiones que no tomamos. Es decir, no nos ponemos a pensar, a evaluar nuestros sentimientos al respecto, a razonar pros y contras, etcétera. Simplemente dejamos que las cosas sucedan. Como dirían los estudiosos de las religiones y filosofías orientales, fluimos. Seguimos nuestro propio curso, nos dejamos llevar por el momento.
Pensando en el cine, podemos pensar que nuestra vida es una enorme sucesión de estos momentos. Pero, en realidad, no son momentos separados, sino que se trata de un continuo; en ese sentido, funciona mejor la metáfora de Heráclito: un río que forma un continuo pero cambia constantemente, que es uno mismo y constantemente diferente. Es decir, fluye.
Nuestro fluir, o derivar si se quiere, está formado por este continuo de microdecisiones. Podríamos parafrasear y decir “yo soy yo y mis (micro)decisiones”.
Cuando nos enfrentamos a una “verdadera decisión”, esas decisiones grandes, que nos hacen sentarnos a reflexionar, esas macrodecisiones ya están tomadas. Están determinadas por el flujo de microdecisiones que nos ha llevado a donde estamos, que nos hace ser quien somos.
No hay manera de ir en contra de la corriente, del flujo de nuestra realidad. Quizá sería más prudente (y menos doloroso) seguir la misma estrategia que con las microdecisiones: simplemente dejar que sucedan, derivar con ellas.
Por supuesto, confrontar la realidad que rodea a esas decisiones es difícil y puede ser muy doloroso. Aterrador. Ahí está, creo yo, el verdadero problema de esta macrodecisiones: el miedo de equivocarnos, de lo que vamos a perder (o dejar de conseguir), el miedo al cambio, el miedo a tener que responsabilizarnos de nuestros actos.
Digo yo: ¿para qué agobiarse por eso? Mejor, para variar, dejarlas fluir. Derivar con ellas, con nosotros mismos. Entre veras y bromas le digo a mis alumnos cuando están agobiados por las decisiones que hay que tomar: “Lee el Tao”. No porque el Tao tenga las respuestas, sino porque, mientras lee sobre el fluir, estará dejando que las cosas fluyan.

7 comentarios:

  1. Las decisiones, cuando uno no las toma, se toman solas...

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  2. Por cierto: http://www.newscientist.com/article/dn19545-daily-choices-can-affect-longterm-happiness.html

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  3. En mi opinión, Martín, las decisiones siempre se toman solas. Uno ya sabe qué quiere antes de "tomar la decisión". Por ahí hubo algún artículo (ahora no recuedo los datos) que mostraba que neurológicamente las decisiones tienen lugar antes siquiera de que la corteza prefrontal comience a procesar la información. Es decir, la "toma de decisiones" racional trabaja sobre decisiones ya tomadas.
    Y habría que hablar sobre las ventajas psicológicas de "no tomar decisiones". ;)

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  4. Ja ja, muy zen. Pero si sigue la conversación, saldría Dennett, y sabemos que eso implica problemas.

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  5. Desde que nos despertamos, tomamos decisiones. Eso y el cambio, son las únicas constantes de la vida. De hecho hay una estrecha correlación y en efecto, a veces uno no se sienta a meditar, decides 'exprés' casi siempre pero, es en momentos cuando decides 'despacio', cuando te das cuenta de que 'no es fácil decidir'.
    Complejo el caso, tan complejo como nosotros pues.

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  6. Yo no tengo ningún problema en discutir a Dennett, Martín. ;)

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  7. Así es, querida Shaula: el asunto es muy complejo y cuando queremos hacer un alto (dejar de fluir) las cosas dejan de ser fáciles. Y entonces aparecen trastornos psicológicos como la histeria que se caracteriza, precisamente, por ese bloqueo ante la toma de decisiones. Creo que restarle valor simbólico a las decisiones ayuda a decidir mejor y, sobre todo, menos dolorosamente. Es decir, tratar esas decisiones que van "despacio" igual que a las decisiones exprés. No hay ninguna evidencia de que el cerebro lo haga de manera esencialmente diferente: por ejemplo, en la toma de las grandes decisiones dolorosas intervienen las mismas áreas y funciones que en las pequeñas decisiones dolorosas, por lo que sabemos. Me parece que es la carga simbólica que le damos, en una cultura irracionalmente racionalista. :)

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