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7 may. 2011

Narcorreflexiones. Un error histórico

Hoy abro estas narcorreflexionescon la intuición de que hemos cometido (¿repetido?) un error histórico: cada vez que las fuerzas armadas han salido de los cuarteles, nos ha ido mal.

Se me ocurre comenzar con 1813. En plena insurrección de Independencia, ese año se firmaron los Sentimientos de la Nación y nuestra declaración de Independencia (titulada Acta Solemne de la Declaración de Independencia de la América Septentrional). El Virrey Venegas dejó su cargo y que fue otorgado al militar Félix María Calleja, quien tardó en asumir por estar en el frente de batalla. El centro del país fue azotado por unas terribles "fiebres misteriosas", que fue descuidada por las autoridades virreinales: todo el presupuesto disponible estaba asignado a las tropas que defendían al país, que mantenían el orden. La consecuencia fue una de las epidemias con mayor índice de mortalidad que ha sufrido nuestro país. Y, por supuesto, a la larga, el ejército realista perdió una larguísima guerra que duró más de una década y cobró miles de vidas.

Las primeras décadas del México independiente quedaron marcados por asonadas militares que, inevitablemente, desembocaban en que el gobierno cambiara de manos y el ejército permaneciera en las calles para mantener el orden y proteger al Estado y su buen Gobierno... cosa que nunca lograron. Ni siquiera durante la reforma (el gobierno de Juárez tuvo que huir y reclutar civiles milicianos), ni en la intervención francesa (cuando también se requirió de milicias civiles, como los famosos zcapoaxtlas que pelearon el 5 de mayo) ni en la intervención gringa.

Y llegamos a la controvertida Pax porfiriana: durante el gobierno de Porfirio Díaz (que llegó después de un golpe de estado contra el gobierno legítimo de Lerdo) el ejército se encargó de reprimir todo movimiento social, toda protesta, toda inconformidad, de mantener al país en "paz". El ejército fracasó en eliminar el descontento social, en cambio cometió actos terribles de vejación y abuso de autoridad. Y ello participó en el descontento que, junto con otras varias causas, desembocó en la Revolución de 1910, y sus varios ejércitos recorriendo el país.

A pesar de la Constitución de 1917, el ejército no volvió de manera efectiva a los cuarteles hasta después de las guerras cristeras, con la institucionalización del partido de Estado (encabezado por generales), y, después, la llegada de los gobiernos civiles en la década de los 40. Las fuerzas armadas, sin embargo, salían de manera frecuente para reprimir protestas y perseguir movimientos sociales ilegalizados, como el de los ferrocarrileros, los profesores o los estudiantes (como en 1968 y la guerra sucia de los 70).

En todas esas etapas el descontento social crecía con el aumento de la presencia de fuerzas armadas (militares y paramilitares) en las calles. Los daños a la población civil aumentaron (pues el uso de la fuerza siempre afecta a la población pacífica, tal como estamos viviendo) y la delincuencia no desapareció ni disminuyeron los movimientos contrarios al Estado. Es decir, lo que se pretende con la militarización nunca se ha conseguido y, por el contrario, la población civil (que es la razón de ser del Estado, del Gobierno y, paradójicamente, de esas fuerzas armadas) ha sufrido daños materiales, físicos y jurídicos (violación sistemática de sus derechos).

En vista de lo que nos enseña la historia, nuestra propia historia, cabe preguntarse si el aumento de la presencia de las fuerzas armadas, tanto militares (ejército, marina) como paramilitares (las diversas corporaciones policiacas), ¿será la estrategia correcta? ¿Los más de 40,000 muertos que van en estos últimos años han sido daños colaterales o son un resultado predecible, históricamente consistente, de esta militarización? ¿O habremos cometido una vez más un viejo error? En mi opinión se es un error histórico. Pero ustedes que seguramente saben más que este ígnaro hocicón, sin duda, tienen su propia opinión. Juzguen ustedes mismos.

1 comentario:

  1. Ni comparto ni 'des-comparto' tu planteamiento. Estoy convencida de que un pueblo que ignora su pasado, estará condenado a repetir sistemáticamente los mismos errores sin embargo creo, no, más bien, estoy segurísima de que si no se hubiera tomado alguna medida -no quiero decir que sea la más adecuada-,de igual manera sería atacada dicha pasividad.
    Desgraciadamente, esta oleada de violencia es el producto de años y años y años de omisiones de todos nosotros, el pueblo. El pueblo irresponsable que, no se une, no se alza, no se organiza, no propone.
    La oleada seguirá creciendo mientras sigamos en el letargo que vivimos. Amén claro, de que atiende a un fenómeno demográfico y un sin número de factores más que ya señalaste previamente.

    Muchas gracias, me encantó leerte!

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